martes, 17 de septiembre de 2013

En el Castillo

No había trabajado antes formalmente, salvo pequeños "pitutos".
Y si bien es la labor perfecta, el área en el que quería trabajar, es inevitable sentirme perdida, confundida, ansiosa.
Todavía no me hacen firmar el contrato ("es que el contador es externo y viene el lunes") ni tengo escritorio propio ("es que estamos reestructurando"), ni celular de la pega ("puede que la próxima semana") ni estuche para los lápices ("te voy a buscar un estuche"), entre otras cosas...
Y he leído tanto a Sherlock Holmes últimamente, que me acuerdo de casos como el de la institutriz que debió raparse para hacerla pasar por la hija enferma o el trabajador de banco que contrataron para que revisara la guía de mercaderes en tanto los criminales robaban la caja fuerte.
Por último, me acuerdo de El castillo de Kafka y todo ese ambiente claustrofóbico de no saber para quién trabajas ni cuál es tu labor. Ojalá pudiese adelantar el tiempo y despertar acostumbrada a la rutina del trabajo asalariado, no sentir que en cualquier momento despertaré y descubriré que todo fue una broma o que solo era un trabajo a prueba... y que reprobé.
No es que sea floja, al contrario, sino que no pensé en insertarme de esta manera en la maquinaria... pero tampoco hay un modo menos traumático de hacerlo.
Quizás debería solo respirar profundo y esperar la infinita paciencia del empleador que pese a la ineptitud del trabajador, lo mantiene porque le da flojera buscar nueva fuerza bruta.
(No agarré mi bicicleta y me iré a la costa, me falta ese componente hípster-ABCdin...)

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